
https://orcid.org/0000-0002-5408-6263
Este artículo nace de mi experiencia como estudiante de Educación clínica pastoral (CPE) en Vancouver, Canadá, y de mi trayectoria como sacerdote y counsellor clínico. Su propósito es ofrecer una reflexión académica, pastoral y práctica sobre el acompañamiento en el duelo, integrando teoría psicológica, espiritualidad cristiana y práctica pastoral.
En la primera parte se presentan los fundamentos del duelo: conceptos básicos, modelos teóricos (Freud, Bowlby, Worden, Neimeyer) y la relación entre counselling clínico y cuidado espiritual.
La segunda parte recoge mi experiencia en el CPE, con el uso del verbatim, la supervisión clínica y aprendizajes personales. Los relatos de pacientes y familias -anonimizados para preservar la confidencialidad- ilustran la práctica del counselling de duelo en hospitales y hospicios, mostrando cómo la formación transformó mi identidad pastoral.
La tercera parte amplía la mirada hacia el duelo en comunidad: la familia como primer espacio de pérdida, la iglesia como lugar de ritual y esperanza, y la sociedad como memoria colectiva. Se destacan los círculos concéntricos del duelo y el valor de los rituales, tanto religiosos como seculares.
El artículo concluye con recomendaciones prácticas para counsellors, pastores y líderes comunitarios, y con un epílogo que subraya el sentido espiritual del acompañar: transformar el duelo en un camino de memoria, reconciliación y esperanza.
Palabras clave: Counselling de duelo, Acompañamiento pastoral, Educación clínica pastoral (CPE), Cuidado espiritual, Duelo anticipado, Supervisión clínica, Verbatims pastorales, Ministerio pastoral, Psicología del duelo, Espiritualidad y duelo, Duelo en familia, Duelo comunitario, Ritual y liturgia en el duelo, Counselling intercultural, Autocuidado del counsellor, Continuidad de los lazos (continuing bonds), Duelo complicado, Counselling clínico-pastoral, Teología práctica.
This book arises from my experience in Educación clínica pastoral (CPE) in Vancouver, Canada, and from my journey as a priest and clinical counsellor. Its purpose is to offer an academic, pastoral, and practical reflection on grief counselling, integrating psychological theory, Christian spirituality, and pastoral practice.
The first part presents the foundations of grief: basic concepts, theoretical models (Freud, Bowlby, Worden, Neimeyer), and the relationship between clinical counselling and spiritual care.
The second part shares my CPE experience, including the use of verbatims, clinical supervision, and personal learning. Stories of patients and families -anonymized to preserve confidentiality- illustrate the concrete practice of grief counselling in hospitals and hospices, showing how this training transformed my pastoral identity.
The third part broadens the perspective to grief in community: the family as the first space of loss, the church as a place of ritual and hope, and society as a space of collective memory. The concentric circles of grief and the value of both religious and secular rituals are emphasized.
The book concludes with practical recommendations for counsellors, pastors, and community leaders, and with an epilogue that highlights the spiritual meaning of accompaniment: grief can become a path of memory, reconciliation, and hope.
Keywords: Grief counselling, Pastoral care, Clinical Pastoral Education (CPE), Spiritual care, Anticipatory grief, Clinical supervision, Pastoral verbatims, Pastoral ministry, Psychology of grief, Spirituality and grief, Family grief, Community grief, Rituals and liturgy in grief, Intercultural counselling, Caregiver self-care, Continuing bonds, Complicated grief, Clinical-pastoral counselling, Practical theology.
Este artículo nace de la intersección entre mi vida personal, mi vocación sacerdotal y mi trayectoria profesional como counsellor. Vivo en Vancouver, Canadá, una ciudad marcada por la diversidad cultural y religiosa, donde conviven personas de orígenes, creencias y lenguas muy diferentes. Este entorno ha influido profundamente en mi manera de entender el acompañamiento humano y, en particular, el acompañamiento en procesos de duelo. Aunque resido en Canadá, mi lengua y mis raíces culturales están en España, país en el que verá la luz esta publicación y al que me une un profundo vínculo personal y académico.
El duelo es una experiencia humana universal, pero se vive y se expresa de maneras muy distintas según el contexto cultural y social. En Canadá, he podido acompañar a personas inmigrantes y refugiadas que, además de las pérdidas familiares, enfrentaban el duelo migratorio, es decir, la separación de su tierra, su idioma y sus tradiciones. En mi trabajo pastoral y clínico he visto cómo estas pérdidas múltiples se entrelazan, generando formas de dolor que requieren una sensibilidad intercultural. Esta experiencia canadiense, enriquecida por la pluralidad de voces y perspectivas, es la que ahora quiero compartir con los lectores de España, convencido de que puede aportar claves para comprender mejor el duelo en un mundo cada vez más global y diverso.
La educación clínica pastoral (CPE) representó para mí un momento decisivo en este camino. Este modelo formativo, con amplia tradición en América del Norte, combina práctica clínica supervisada, estudio teórico y reflexión personal. A través del CPE, aprendí a acompañar de forma más profunda el sufrimiento humano en contextos de enfermedad, muerte y pérdida. Más allá de la técnica, me permitió confrontar mis propios límites y desarrollar una presencia más auténtica y compasiva frente al dolor.
Este artículo no pretende ser un manual exhaustivo de counselling de duelo. Más bien, busca unir tres dimensiones complementarias:
En un contexto como el canadiense, caracterizado por la multiculturalidad, aprendí que el duelo no se aborda únicamente con categorías clínicas, sino también con sensibilidad hacia los valores, creencias y tradiciones de cada persona. Al traer esta reflexión a España, mi deseo es que este artículo pueda servir de puente: un diálogo entre la experiencia vivida en Canadá y la realidad cultural y espiritual española, con la esperanza de que pueda inspirar a counsellors, pastores, psicólogos, profesionales de la salud y acompañantes en general.
En última instancia, este artículo quiere ser un testimonio y una propuesta. Un testimonio de lo que aprendí en mi proceso de CPE y en mi práctica de counselling de duelo en Canadá, y una propuesta para pensar el duelo como un proceso que, aunque doloroso, puede abrir caminos de sentido, de esperanza y de transformación personal y comunitaria.
El duelo constituye una de las experiencias humanas más universales y, al mismo tiempo, más singulares. Todas las culturas, en distintos momentos de la historia, han generado rituales, creencias y prácticas destinadas a afrontar la pérdida. Sin embargo, cuando la pérdida se hace presente en la vida concreta de una persona, el proceso que inicia resulta irrepetible y único. Así, el duelo puede definirse como la respuesta psicológica, emocional, conductual, física, social y espiritual que se desencadena frente a una pérdida significativa (Parkes, 2009).
Lejos de constituir un fenómeno exclusivamente individual, el duelo también está marcado por factores culturales y sociales. En sociedades como la canadiense, donde conviven múltiples tradiciones religiosas y culturales, es habitual observar una gran diversidad en las formas de afrontar la pérdida. Desde rituales budistas en los que se concibe la muerte como parte del ciclo vital, hasta velorios cristianos, ceremonias indígenas o encuentros seculares, cada contexto cultural ofrece un marco que modela la vivencia del duelo (Rosenblatt, 2008).
En este capítulo exploraremos los conceptos básicos del duelo, sus diferencias con otras nociones relacionadas, los principales modelos teóricos que lo explican y una visión actualizada que pone el acento en la transformación y en la diversidad cultural de las experiencias de pérdida.
El lenguaje cotidiano utiliza a menudo términos como pérdida, luto o duelo de manera indistinta. Sin embargo, en el ámbito académico es importante diferenciarlos:
Esta distinción nos ayuda a comprender que el duelo no ocurre en un vacío, sino en un entramado cultural y comunitario que lo configura.
A lo largo del siglo XX y XXI, diversos autores han desarrollado modelos para comprender el proceso del duelo. Entre los más destacados se encuentran:
Elisabeth Kübler-Ross y el modelo de las cinco etapas
En On Death and Dying (1969), Elisabeth Kübler-Ross propuso un modelo de cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Aunque originalmente concebido para describir la experiencia de pacientes terminales, este modelo se aplicó posteriormente al duelo en general (Kübler-Ross & Kessler, 2005).
El modelo ha sido muy influyente, sobre todo en la divulgación popular, pero la investigación contemporánea lo considera una simplificación excesiva, ya que muchas personas no siguen estas fases de manera lineal. Sin embargo, sigue siendo útil como marco para comprender las emociones comunes que pueden aparecer durante la pérdida.
William Worden y las tareas del duelo
William Worden (2018) planteó un enfoque más dinámico: el duelo no se atraviesa en fases, sino que supone la realización de cuatro tareas:
Aceptar la realidad de la pérdida.
Trabajar las emociones del duelo.
Adaptarse a un mundo en el que la persona fallecida ya no está.
Recolocar emocionalmente al ser querido y continuar viviendo.
Este modelo es especialmente relevante en counselling, ya que invita al doliente a participar activamente en un proceso de elaboración.
Stroebe y Schut: el modelo del proceso dual
Más recientemente, Stroebe y Schut (2010) desarrollaron el modelo del proceso dual, que describe el duelo como una oscilación entre dos orientaciones:
La clave de este modelo está en la oscilación: no se trata de elegir entre una u otra, sino de moverse entre ambas. Este planteamiento refleja mejor la experiencia real del duelo, donde el dolor y la vida cotidiana conviven en tensión.
La investigación más reciente ha ido matizando los modelos clásicos. Algunos aportes relevantes incluyen:
Finalmente, es importante destacar que el duelo, aunque doloroso, puede abrir caminos de crecimiento personal y espiritual. Neimeyer (2016) sostiene que en la reconstrucción de significados muchas personas encuentran resiliencia, redescubren valores fundamentales y experimentan una mayor empatía hacia los demás.
En el ámbito pastoral, esta visión coincide con la idea de que el sufrimiento, acompañado con compasión, puede convertirse en un espacio de transformación y de esperanza. Desde la fe, el duelo no solo se vive como un final, sino también como un tránsito hacia nuevas formas de relación, tanto con los seres queridos como con Dios.
El counselling de duelo constituye un campo especializado dentro de la relación de ayuda que se centra en acompañar a las personas que atraviesan pérdidas significativas. Aunque el término counselling suele traducirse como orientación o asesoramiento, en este contexto hace referencia a un acompañamiento profesional y humano basado en la escucha activa, la empatía y la presencia compasiva (Neimeyer, 2016).
El counselling de duelo se distingue por no patologizar el dolor humano, sino por reconocerlo como una respuesta natural a la pérdida (Parkes, 2009). Su finalidad no es curar el duelo ni apresurarlo, sino ofrecer un espacio donde la persona pueda expresarse con libertad, integrar su experiencia y encontrar nuevas formas de vivir con sentido (Worden, 2018).
Mi experiencia en CPE, llevada a cabo en el Burnaby General Hospital y en McKenney Creek Hospice en Canadá, me permitió poner en práctica este enfoque en un contexto de alta vulnerabilidad. Acompañé diariamente a pacientes en etapas terminales y a sus familias, con una media de 10 a 15 visitas por jornada, lo que me situó frente a la muerte y el duelo de manera cotidiana. Esta experiencia constituyó no solo un aprendizaje profesional, sino también un proceso personal de transformación, donde aprendí a ver la muerte como parte de la vida y a confiar más en mi capacidad de estar presente sin necesidad de controlar ni de tener todas las respuestas.
Podemos definir el counselling de duelo como:
Un proceso de acompañamiento en el que un profesional de la relación de ayuda, desde una posición de empatía, escucha y presencia, facilita que la persona doliente exprese sus emociones, integre su experiencia de pérdida y encuentre nuevas formas de sentido y conexión con la vida (Worden, 2018; Neimeyer, 2016).
Este proceso incluye varios objetivos fundamentales:
Durante mi CPE, pude constatar cómo estos objetivos se concretan en la práctica. En muchos casos, lo más valioso no fue lo que dije, sino simplemente estar presente, escuchar en silencio y ofrecer un espacio donde las lágrimas y las palabras encontraban legitimidad.
El counselling de duelo se diferencia de la psicoterapia clínica. Mientras que el counselling acompaña procesos normales de pérdida, la psicoterapia interviene en situaciones de duelo complicado o prolongado, donde el sufrimiento impide la adaptación y puede derivar en cuadros depresivos o ansiosos (American Psychiatric Association, 2022; Prigerson et al., 2009).
En mi práctica, vi con claridad esta distinción. Recuerdo el caso de un hombre que había perdido a su hijo adolescente en un accidente. Su dolor era intenso, pero lograba sostener su vida cotidiana gracias a la compañía de su familia. El counselling en este caso consistió en escuchar, validar y acompañar. En contraste, también conocí a una mujer que, tras dos años de la muerte de su esposo, permanecía encerrada en casa, incapaz de retomar cualquier aspecto de su vida social. Allí era necesario derivar a un servicio clínico especializado.
El counselling de duelo se enriquece de distintos marcos teóricos:
En mi Ensayo sobre mi filosofía de ministerio destaqué tres herramientas que se integraron de manera natural en el counselling de duelo:
Mi experiencia en CPE me ayudó a confirmar que el counsellor no es un experto que ofrece soluciones, sino un acompañante que valida emociones, sostiene silencios y reconoce la dignidad del doliente. En ocasiones, esto incluye la dimensión espiritual: orar juntos, impartir una bendición o simplemente estar en silencio como signo de comunión.
Como escribí en mi filosofía de ministerio, mi vocación se concreta en estar entre la gente, bendecir y perdonar en nombre de Dios. Acompañar en el duelo es, en última instancia, un acto profundamente humano y espiritual que transforma tanto a quien recibe como a quien acompaña.
La CPE es un modelo de formación práctica que combina la experiencia clínica supervisada con la reflexión personal y grupal. Se originó en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX, y se ha convertido en un estándar internacional para la preparación de capellanes y profesionales de la atención espiritual (Doehring, 2015). Su propósito no es únicamente entrenar habilidades técnicas, sino también formar la identidad pastoral y favorecer un proceso de autoconocimiento profundo.
En mi caso, la CPE representó un punto de inflexión. Ingresé al programa con la expectativa de integrar mi vocación sacerdotal con mi formación en counselling clínico. Me enfrentaba a preguntas fundamentales: ¿sería capaz de estar presente ante el sufrimiento extremo?, ¿podría sostener conversaciones en contextos de muerte inminente y duelo? Estas dudas eran legítimas, pues la CPE exige un nivel de exposición personal que va más allá de lo académico: confronta los miedos más profundos y revela tanto fortalezas como limitaciones (Fitchett, 2017).
En mi escrito, síntesis del estudiante, Student Summary señalé que mis objetivos eran ganar confianza en las conversaciones, superar el miedo al contacto con el sufrimiento y aplicar herramientas de counselling como la entrevista psicológica, la entrevista motivacional y la terapia narrativa.
Con el tiempo, logré avances concretos en estas áreas:
El proceso no estuvo exento de dificultades. La CPE me puso cara a cara con tres retos principales:
El silencio: al inicio sentía la necesidad de llenar los vacíos con palabras. Con el tiempo aprendí que los silencios pueden ser terapéuticos, al permitir que el paciente procese sus emociones. La investigación en counselling confirma que los silencios, cuando son acompañados por una presencia empática, favorecen la elaboración emocional (Hill et al., 2017).
Mi propia vulnerabilidad: hubo momentos en los que lloré junto a los pacientes, como con Elizabeth, una mujer que temía dejar a su esposo y a su hijo autista. Al principio pensé que mostrar mis lágrimas era una señal de debilidad, pero aprendí que podía ser un acto de autenticidad que fortalecía la conexión pastoral.
Diversidad cultural y religiosa: Vancouver es una ciudad multicultural, lo que implicaba acompañar a personas con creencias muy diversas. Algunos pedían oraciones cristianas, otros hablaban de espiritualidad sin religión, y otros encontraban consuelo en prácticas propias de su tradición cultural. Este reto me enseñó a respetar y adaptarme, reconociendo que el counselling de duelo siempre se sitúa en un marco intercultural (Rosenblatt, 2008).
Algunos encuentros marcaron de manera especial mi aprendizaje:
Estos casos ilustran cómo la CPE no es solo un entrenamiento técnico, sino un espacio donde se experimenta la fuerza de la presencia compasiva y la escucha auténtica.
La CPE moldeó profundamente mi identidad como sacerdote y counsellor. Confirmé que mi vocación no consiste en ofrecer respuestas ni soluciones, sino en estar presente, bendecir y acompañar. En mi ensayo sobre mi filosofía de ministerio lo expresé de manera clara: Soy un sacerdote cuyo trabajo es estar entre la gente, bendecir y perdonar en nombre de Dios.
Este enfoque se alinea con la literatura en formación pastoral, que destaca que el objetivo último de la CPE es integrar la identidad personal con la vocación ministerial (Doehring, 2015). La autenticidad, la vulnerabilidad y la capacidad de conectar con el sufrimiento ajeno se convierten en signos de madurez pastoral.
Finalmente, la CPE fue una experiencia transformadora en lo personal. Aprendí a aceptar mi vulnerabilidad, a valorar el silencio, a reconocer la diversidad cultural y espiritual, y a ver la muerte con más serenidad. En palabras de Fitchett (2017), la CPE es un laboratorio de la vida real, en el que se aprende tanto de los pacientes como de uno mismo.
Hoy comprendo con mayor claridad que acompañar el duelo no es solo un servicio que presto a otros, sino también una escuela para mí mismo: me invita a vivir con más compasión, humildad y gratitud por la vida.
La CPE se distingue por el aprendizaje en la práctica, en contacto directo con pacientes y familias que atraviesan situaciones de enfermedad, muerte y duelo. Uno de los métodos centrales de la CPE es el verbatim, que consiste en registrar de manera detallada un encuentro pastoral -incluyendo diálogos, silencios, emociones percibidas y reflexiones posteriores- con el fin de revisarlo en grupo y bajo supervisión (Doehring, 2015).
El análisis de estos encuentros no tiene como propósito juzgar, sino favorecer el autoconocimiento y el crecimiento profesional del estudiante. Como señala Fitchett (2017), los verbatims son un laboratorio de aprendizaje en el que la experiencia concreta se convierte en una oportunidad para la integración teórica, práctica y espiritual.
En este capítulo presento algunos casos significativos de mi experiencia clínica, adaptados de mis verbatims y reflexiones. Estos relatos permiten observar cómo el counselling de duelo se hace realidad en la práctica, mostrando tanto el valor de la teoría como la fuerza transformadora de la presencia compasiva.
Elizabeth era una mujer de 66 años, esposa y madre, ingresada en cuidados paliativos. En nuestro encuentro compartió su mayor angustia: No era su muerte lo que más temía, sino el destino de su esposo y de su hijo con autismo. Con lágrimas en los ojos, me dijo: ¿Qué harán cuando ya no esté? Tengo miedo de dejarlos solos.
Durante la conversación, confirmé que mi tarea no era ofrecer respuestas fáciles ni explicaciones teológicas, sino escuchar con empatía y permitirle expresar su dolor. Al final, compartimos una oración y una bendición. Elizabeth me tomó la mano y dijo sentirse más en paz, como si hubiera recibido alivio en medio de la incertidumbre.
Este caso refleja dos dimensiones centrales del counselling de duelo:
Eunice era una mujer independiente, viajera, con una vida plena y activa. Había sobrevivido a varios episodios de cáncer, pero ahora enfrentaba un diagnóstico terminal. Su confesión más profunda fue: No me da miedo morir, lo que me aterra es hacerlo sola y sin cuidados.
En ese momento comprendí que lo más valioso que podía ofrecerle era mi presencia auténtica. Escucharla, mirarla a los ojos y sostener un silencio lleno de respeto se convirtió en el acto pastoral más significativo.
Este caso ilustra el enfoque humanista de Carl Rogers (2007), quien insistía en que la relación de ayuda se sostiene en la empatía, la autenticidad y la aceptación incondicional. A veces, como escribió Rogers, lo que cura no son las técnicas, sino el encuentro humano genuino.
Uno de los encuentros más conmovedores fue con una madre que había perdido a su hijo recién nacido. Su dolor era intenso y se expresaba en frases de impotencia: ¿Cómo sigo adelante si ni siquiera pude tenerlo en brazos?
Propuse la escritura de una carta dirigida al bebé. A través de este ejercicio, pudo expresar su amor, su dolor y su gratitud. La carta se convirtió en un objeto simbólico que le permitió mantener un vínculo afectivo.
Este tipo de intervención se fundamenta en la teoría de los lazos continuos, continuing bonds, que sostiene que el duelo no consiste en soltar definitivamente a la persona fallecida, sino en transformar el vínculo para que tenga un nuevo lugar en la vida del doliente (Klass, Silverman & Nickman, 2014).
Asimismo, el enfoque narrativo de Neimeyer (2016) explica que el duelo es una crisis de significado. La escritura de la carta le permitió reconstruir una narrativa en la que su hijo, aunque ausente físicamente, sigue siendo parte de su historia.
En Vancouver, la multiculturalidad es parte del contexto diario. Acompañé a un paciente de origen asiático que afirmaba no identificarse con ninguna religión institucional. Sin embargo, al evocar recuerdos de su madre cristiana, experimentó consuelo y gratitud.
Este encuentro me recordó que el counselling de duelo no puede reducirse a categorías rígidas. Incluso en personas alejadas de la religión, la memoria espiritual y los símbolos familiares pueden ofrecer consuelo. Esto coincide con lo señalado por Rosenblatt (2008): El duelo se vive y expresa de maneras culturalmente diversas, y el counsellor debe estar atento a esas particularidades.
El trabajo con verbatims me permitió identificar aprendizajes transversales:
Los casos presentados muestran que el counselling de duelo no es uniforme ni predecible. Es un proceso profundamente personal y situado, en el que el counsellor debe adaptarse con flexibilidad. De mis verbatims y reflexiones extraigo algunas conclusiones prácticas:
El counselling de duelo no consiste en aplicar recetas universales, sino en acompañar de manera personalizada el proceso de cada doliente. No obstante, existen herramientas que, enmarcadas dentro de una relación empática y respetuosa, pueden facilitar la expresión del dolor, la reconstrucción de significados y la adaptación a la nueva realidad. Durante mi CPE integré tres recursos principales: La entrevista psicológica, la entrevista motivacional y la terapia narrativa.
Estas herramientas no sustituyen la presencia compasiva del counsellor, pero ofrecen marcos prácticos para orientar la conversación y generar procesos de transformación.
Incluso la enseñanza de CPE ha debido adaptarse a modalidades remotas, manteniendo la autoeficacia de los educadores (Szilagyi, Fitchett, & Cadge, 2022).
La entrevista psicológica es una técnica básica en el counselling, cuyo objetivo es recoger información, establecer una relación de confianza y facilitar que el paciente organice sus pensamientos y emociones (Cormier, Nurius & Osborn, 2017).
En el contexto del duelo, esta herramienta se utiliza no tanto para diagnosticar, sino para permitir que la persona nombre su dolor y reconozca la legitimidad de sus reacciones.
Con Elizabeth, la paciente que temía dejar a su esposo y a su hijo autista, la entrevista se centró en preguntas abiertas como: ¿Qué es lo que más le preocupa en este momento? o ¿Qué le gustaría que su familia recordara de usted?. Estas preguntas facilitaron que expresara su temor más profundo: El futuro de su familia sin ella.
La entrevista psicológica fue útil porque:
La entrevista motivacional, desarrollada por Miller y Rollnick (2013), busca reforzar la motivación intrínseca para el cambio, explorando ambivalencias y favoreciendo decisiones conscientes. Aunque originalmente se desarrolló en el ámbito de las adicciones, se ha mostrado eficaz en el counselling de salud y duelo (Westra & Norouzian, 2018).
En el contexto del duelo anticipado, la entrevista motivacional puede ayudar a pacientes y familias a prepararse para la pérdida, reduciendo la parálisis emocional y favoreciendo la adaptación.
Con familiares de pacientes en hospicio, utilicé preguntas como: ¿Qué cree que necesitará para afrontar lo que viene? o Si piensa en su ser querido, ¿qué es lo más importante que le gustaría decir o hacer antes de que llegue el final?.
En un caso, un esposo dudaba si despedirse de su mujer enferma porque no quería entristecerla. A través de la entrevista motivacional, exploramos esa ambivalencia. Finalmente, se animó a hablar con ella, logrando una despedida significativa.
La entrevista motivacional fue clave porque:
La terapia narrativa parte de la premisa de que los seres humanos damos sentido a la vida a través de historias (White & Epston, 1990). El duelo, entendido como una crisis de significado, requiere de un proceso de reconstrucción narrativa (Neimeyer, 2016).
En este enfoque, el counsellor acompaña al doliente en la tarea de contar y recontar su historia de pérdida, integrando la memoria del ser querido en una narrativa que permita continuar con la vida.
Con una madre que perdió a su hijo recién nacido, propuse la escritura de una carta dirigida al bebé. En la carta, la madre pudo expresar amor, gratitud y dolor, manteniendo un lazo afectivo. Esta práctica se enmarca en la teoría de los lazos continuos (Klass, Silverman & Nickman, 2014), que plantea que el duelo no implica romper con el fallecido, sino encontrar nuevas formas de relación.
En otro caso, una paciente inmigrante que había perdido a su padre en su país de origen encendió una vela y escribió un texto de despedida que compartió con su comunidad local. Ese acto simbólico le permitió integrar la pérdida en un contexto de exilio.
La terapia narrativa se mostró particularmente valiosa porque:
Si bien estas herramientas fueron de gran ayuda, el CPE me enseñó que no pueden aplicarse de manera mecánica. Lo esencial es la presencia compasiva del counsellor. Las técnicas son útiles solo cuando surgen de una escucha auténtica y se adaptan al contexto cultural, espiritual y personal de cada doliente (Doehring, 2015).
Asimismo, la revisión de verbatims bajo supervisión me permitió reconocer mis tendencias a veces excesivamente estructuradas, y aprender a confiar más en la espontaneidad del encuentro pastoral. Como subraya Fitchett (2017), el aprendizaje pastoral implica aceptar la vulnerabilidad propia como parte de la relación de ayuda.
De mi experiencia, destaco algunas implicaciones prácticas:
En definitiva, las herramientas prácticas no son recetas universales, sino medios relacionales que, en manos de un counsellor presente y empático, pueden abrir caminos de sanación en el duelo.
El duelo es un proceso multidimensional: Psicológico, emocional, social y, en muchos casos, espiritual. Aun en contextos seculares, frente a la pérdida, emergen preguntas de sentido que no pueden responderse únicamente desde la psicología clínica: ¿Por qué sucedió esto?, ¿Dónde está ahora mi ser querido?, ¿Qué sentido tiene seguir adelante sin él/ella? (Pargament, 2011).
Estas preguntas abren un horizonte espiritual, aunque no necesariamente religioso. En mi experiencia en CPE acompañando a pacientes en hospitales y hospicios de Vancouver, pude constatar que la espiritualidad está siempre presente, aunque adopte formas distintas: A veces explícita en la fe y la oración; otras veces implícita en símbolos, recuerdos o gestos; en ocasiones vivida comunitariamente; y siempre vinculada a la búsqueda de sentido.
La espiritualidad puede entenderse como la dimensión del ser humano relacionada con la búsqueda de sentido, propósito y conexión con lo trascendente (Koenig, 2012). Esta definición es lo suficientemente amplia como para incluir expresiones religiosas, seculares y culturales.
En el contexto del duelo, la espiritualidad cumple varias funciones (Wright, 2005):
Algunos pacientes pedían explícitamente acompañamiento espiritual. Elizabeth, por ejemplo, experimentó alivio al terminar nuestra conversación con una oración y una bendición. Ese gesto sencillo le devolvió paz y un sentido de comunión con Dios, su familia y consigo misma.
Este caso confirma lo que Doehring (2015) subraya: Los rituales breves -oraciones, lecturas, sacramentos- no son añadidos superficiales, sino parte esencial del acompañamiento espiritual en contextos de duelo.
En cuidados paliativos, los sacramentos como la unción de los enfermos, la confesión o la comunión final adquieren un valor profundo: No solo ofrecen consuelo religioso, sino que también ayudan a integrar emocional y espiritualmente la proximidad de la muerte (Fitchett, 2017).
En otros casos, la espiritualidad emergía de manera indirecta. Eunice, una mujer independiente y viajera, no pidió oración. Sin embargo, hablar de su madre cristiana, de su amor por la naturaleza y de sus viajes le proporcionó consuelo y serenidad. En este contexto, el counsellor debe estar atento a reconocer estas expresiones como manifestaciones de espiritualidad implícita (Rosenblatt, 2008).
Los símbolos también cumplen un papel fundamental. Encender una vela, escuchar una canción significativa, contemplar una fotografía o visitar un lugar especial pueden convertirse en rituales espirituales que sostienen el duelo. En mi práctica, acompañé a un inmigrante que perdió a su padre en su país de origen. Incapaz de asistir al funeral, encontró consuelo al encender una vela en Canadá y escribir un texto de despedida que compartió con su comunidad local. Ese gesto sencillo integró su pérdida en un nuevo contexto cultural.
Vancouver, donde realicé mi CPE, es un espacio de pluralidad cultural y religiosa. Allí convivían pacientes cristianos, budistas, musulmanes, sintoístas, judíos, así como personas no creyentes. Cada uno vivía la espiritualidad de forma distinta, pero en todos los casos estaba presente la pregunta por el sentido.
Este contexto confirma lo que Huang, Roth y Scott (2011) sostienen: El counselling de duelo debe integrar una perspectiva intercultural, reconociendo que las creencias y prácticas espirituales varían, pero cumplen una función similar: Sostener al doliente en la pérdida.
La investigación muestra que la espiritualidad, tanto religiosa como no religiosa, se asocia con mayor resiliencia frente a la pérdida (Koenig, 2012; Pargament, 2011). Creencias como la vida después de la muerte, la unión con Dios, la continuidad del amor o el legado en la memoria de los vivos, ayudan a los dolientes a integrar la pérdida y a encontrar esperanza.
En mi experiencia, muchas familias no podían aceptar el dolor sin enmarcarlo en un horizonte de esperanza. Incluso en quienes no se identificaban con una fe religiosa, aparecían expresiones como: Vivirá siempre en mi corazón, su amor me seguirá acompañando. Estas frases reflejan lo que Klass, Silverman y Nickman (2014) llaman lazos continuos, es decir, formas de mantener la relación con el ser querido fallecido de manera simbólica y espiritual.
El duelo, aunque doloroso, puede convertirse en un proceso de transformación espiritual. Neimeyer (2016) afirma que el duelo no es solo un proceso de ajuste emocional, sino una crisis de significado que abre la posibilidad de reconstruir narrativas vitales.
En mi ensayo sobre mi filosofía de ministerio, escribí que descubrí el rostro de Dios en los pacientes que acompañaba. Esto significa que el duelo no solo transforma a quienes lo sufren, sino también a quienes lo acompañamos. Acompañar a personas en su fragilidad me enseñó a aceptar mi propia vulnerabilidad y a vivir con mayor compasión.
Acompañar la dimensión espiritual del duelo presenta algunos desafíos:
De la reflexión sobre espiritualidad en el duelo, destaco algunas implicaciones prácticas:
Acompañar el duelo es una tarea compleja que exige integrar diversas dimensiones de la existencia humana: La psicológica, la social, la cultural y la espiritual. En este contexto, el counsellor y el sacerdote cumplen funciones que, aunque diferentes, pueden entrelazarse de manera fecunda.
Durante mi experiencia estudiando CPE en Vancouver, viví esta doble identidad: counsellor clínico y sacerdote anglicano. Descubrí que, lejos de ser opuestas, ambas vocaciones podían complementarse y ofrecer al doliente un acompañamiento más integral. Sin embargo, también constaté la necesidad de claridad de roles y de un discernimiento constante para evitar confusiones o imposiciones.
En Canadá, se han actualizado recientemente las competencias profesionales para el cuidado espiritual y el duelo (Stang, 2022). El counsellor se sitúa en el ámbito de la relación de ayuda profesional, con un marco de trabajo que busca acompañar el proceso de duelo como una respuesta natural a la pérdida (Worden, 2018). Sus principales funciones son:
En mi práctica, acompañé a Eunice, una mujer independiente que temía morir sola. Allí mi rol no fue teológico ni litúrgico, sino estrictamente de counsellor: Escuchar, validar, sostener el silencio. Como subraya Rogers (2007), la empatía y la aceptación incondicional son la base de cualquier relación de ayuda.
El sacerdote tiene un rol diferente, enraizado en la mediación de lo sagrado. Sus funciones incluyen:
En el caso de Elizabeth, lo que le dio consuelo no fue una técnica psicológica, sino una oración y una bendición. Allí ejercí mi rol sacerdotal, trayendo la presencia de Dios en medio de su angustia.
La literatura pastoral confirma que los sacramentos y rituales, cuando se ofrecen con sensibilidad, ayudan a integrar emocional y espiritualmente el final de la vida (Fitchett, 2017).
La CPE me enseñó que counselling y sacerdocio no siempre convergen fácilmente. Hay tensiones inevitables:
Pargament (2011) advierte que la ayuda espiritual puede ser tanto un recurso como un riesgo: Se convierte en recurso cuando ofrece consuelo y sentido, pero en riesgo cuando impone marcos religiosos al doliente sin respetar su libertad.
A pesar de las tensiones, counselling y ministerio sacerdotal pueden integrarse de manera armónica. En mi práctica, descubrí que:
Un ejemplo fue el acompañamiento a una familia que no quería un discurso religioso, pero sí un ritual breve. Encendimos juntos una vela y guardamos silencio. Desde el counselling, sostuve la narrativa de la pérdida; desde lo sacerdotal, ofrecí un gesto simbólico que dio profundidad espiritual al momento.
Como escribí en mi Ensayo sobre mi filosofía de ministerio, mi vocación es estar entre la gente, bendecir y perdonar en nombre de Dios. Esa vocación se concretaba tanto en la escucha empática como en los gestos litúrgicos sencillos.
La CPE fue un laboratorio privilegiado para aprender a integrar ambos roles. A través de verbatims, supervisión y retroalimentación grupal, pude reflexionar sobre mis intervenciones y reconocer patrones:
Este aprendizaje coincide con lo que Doehring (2015) llama discernimiento pastoral: La capacidad de leer el contexto, escuchar al doliente y ofrecer recursos adecuados.
De esta experiencia, extraigo varias implicaciones:
El duelo es un lugar donde counselling y ministerio sacerdotal se encuentran y dialogan. El counsellor aporta la técnica, la escucha y la normalización del proceso; el sacerdote, los símbolos, los rituales y la dimensión trascendente.
Pero más allá de las técnicas y los roles, lo que transforma es la presencia compasiva. Como afirma Fitchett (2017), el verdadero acompañamiento espiritual no se mide por la elocuencia de las palabras, sino por la capacidad de estar con el otro en su fragilidad, compartiendo humanidad y esperanza.
La CPE es un modelo formativo que combina la práctica clínica con la reflexión crítica, la supervisión individual y el aprendizaje comunitario. No se trata únicamente de hacer visitas o acompañar a pacientes en hospitales y hospicios, sino de reflexionar sobre la práctica, confrontar los propios límites y crecer como counsellor y como pastor. La supervisión clínica cumple funciones formativas, reflexivas y de apoyo (Cadge & Fitchett, 2020).
En palabras de Doehring (2015), el CPE es una pedagogía experiencial que integra la práctica del cuidado con la reflexión crítica sobre la propia identidad pastoral (p. 22). Esta metodología me permitió descubrir que acompañar el duelo no solo era una tarea hacia los demás, sino también un camino de autoconocimiento y transformación personal.
El verbatim es quizás el instrumento pedagógico más característico de la CPE. Se trata de la descripción escrita y detallada de un encuentro pastoral, incluyendo los diálogos, los silencios, los pensamientos internos del estudiante y las emociones percibidas en sí mismo y en el paciente.
Fitchett (2017) afirma que el verbatim funciona como una radiografía pastoral (p. 41), que permite identificar no solo lo que se dijo, sino también lo que no se dijo, lo que se evitó o lo que se temió. En mi caso, escribir verbatims me ayudó a reconocer patrones en mi manera de acompañar: Mi tendencia inicial a llenar los silencios, mi dificultad para mostrar vulnerabilidad y, con el tiempo, mi creciente confianza en el valor de la escucha y la presencia.
Por ejemplo, en el verbatim de Elizabeth, una paciente que temía dejar a su esposo y a su hijo autista, descubrí que había ofrecido oración demasiado pronto, sin preguntarle primero si lo deseaba. Fue en la revisión grupal donde mi supervisor me señaló: ¿A quién servía esa oración, a Elizabeth o a ti?. Esa pregunta me hizo reflexionar profundamente sobre la importancia de no imponer lo espiritual sin consentimiento explícito.
La supervisión clínica es la columna vertebral de la CPE. Según Cadge y Fitchett (2020), cumple cuatro funciones principales:
En mi experiencia, la supervisión me ayudó a ver lo que yo no veía. Tras el verbatim de Eunice, por ejemplo, yo sentí incomodidad en los largos silencios que se produjeron. Sin embargo, mis compañeros y supervisor resaltaron que esos silencios habían sido profundamente pastorales, pues le dieron espacio para expresar su miedo a morir sola. Gracias a ese feedback, aprendí a confiar en el silencio como herramienta terapéutica (Hill, Kline & Baumann, 2017).
La CPE no es un proceso individualista, sino comunitario. Se realiza en un grupo de estudiantes que comparten sus verbatims, reflexiones y luchas personales. Este componente grupal es fundamental, porque permite aprender no solo de la propia experiencia, sino también de la de los demás.
La dinámica grupal, aunque exigente, fue liberadora: descubrí que no era el único que sentía miedo, inseguridad o duda. Escuchar a mis compañeros me permitió normalizar mis emociones y reconocer que eran parte natural del aprendizaje. Como subraya Fitchett (2017), la comunidad de aprendizaje en CPE genera un espacio de honestidad y vulnerabilidad compartida, donde cada uno se convierte en maestro y aprendiz al mismo tiempo (p. 59).
Una de las lecciones más valiosas de la supervisión fue el autoconocimiento. Acompañar a pacientes en duelo me obligaba a confrontar mis propias experiencias de pérdida, mis miedos frente a la muerte y mi necesidad de control. La supervisión me invitó a preguntarme:
Estas preguntas coincidían con lo que Doehring (2015) describe como el trabajo interno de la CPE: Integrar la práctica con la reflexión para desarrollar una identidad pastoral auténtica y no defensiva (pp. 77–78).
Algunos momentos concretos ilustran el poder de la supervisión:
La supervisión en CPE no solo corrige técnicas: También moldea la identidad pastoral. Cadge y Fitchett (2020) subrayan que la capellanía contemporánea se define menos por las respuestas doctrinales y más por la capacidad de estar presentes en la fragilidad humana (p. 12).
En mi caso, la supervisión me ayudó a integrar mis dos facetas: Counsellor y sacerdote. Al inicio, temía que ofrecer oración me hiciera parecer demasiado religioso en un contexto hospitalario plural. Con el tiempo, entendí que podía ser fiel a mi vocación sacerdotal, siempre que lo hiciera desde el respeto y el consentimiento. Al mismo tiempo, descubrí que podía usar herramientas psicológicas sin renunciar a mi identidad espiritual.
En mi ensayo sobre mi filosofía de ministerio escribí que mi vocación es estar entre la gente, bendecir y perdonar en nombre de Dios. La supervisión me mostró que esa vocación también se concreta en escuchar con paciencia, sostener silencios, y reconocer la dignidad del doliente sin imponer interpretaciones.
De la experiencia de supervisión en CPE, extraigo varias lecciones que tienen implicaciones para mi práctica futura:
El duelo es una experiencia profundamente humana, que no se limita al ámbito íntimo de la persona, ni al marco clínico o hospitalario. Se trata de un proceso que se expresa y se elabora también en la familia, en la comunidad de fe y en la sociedad. Acompañar el duelo exige, por tanto, abrir la mirada más allá de la relación individual counsellor–paciente para reconocer que cada pérdida se inserta en una red de vínculos.
En mi práctica durante CPE constaté que la muerte y el duelo afectan de manera directa a familias enteras, se ritualizan en las comunidades eclesiales y generan expresiones colectivas en la sociedad. Esta triple dimensión encuentra un fundamento en mi ensayo sobre mi filosofía de ministerio, donde afirmo que mi vocación es estar entre la gente, bendecir y perdonar en nombre de Dios. Esa convicción se confirmó una y otra vez: Acompañar el duelo no es un acto privado, sino un ministerio compartido que atraviesa todas las dimensiones de la vida humana. Nuevos modelos de cuidado espiritual, como el propuesto en el contexto de cuidados paliativos, subrayan la necesidad de integrar lo psicológico, lo comunitario y lo espiritual (Meeprasertsagool, 2025).
La familia es el primer ámbito donde se vive y se procesa el duelo. En muchos casos, la persona que está en proceso de morir expresa más angustia por sus seres queridos que por sí misma. Así ocurrió con Elizabeth, cuya preocupación principal era dejar a su esposo y a su hijo con autismo sin apoyo.
La literatura sobre duelo confirma que la pérdida impacta al sistema familiar en su conjunto. Worden (2018) subraya que las tareas del duelo -aceptar la realidad de la pérdida, procesar el dolor, adaptarse a un mundo sin el ser querido y encontrar un lugar para él en la memoria- no son solo individuales, sino también familiares. En la familia, el duelo puede unir o fragmentar, generar resiliencia o conflicto.
En mi experiencia, las familias expresaban sentimientos ambivalentes: Amor y cuidado, pero también agotamiento, resentimiento o miedo. En un caso, un hijo que acompañaba a su madre enferma me confesó:
La amo, pero me siento tan cansado… y me siento culpable por pensarlo.
Reconocer esa ambivalencia fue clave para aliviar su culpa.
Aquí mi filosofía ministerial cobró vida: Estar entre la gente significaba entrar en el dolor familiar, escuchar, validar y a veces orar juntos. En el acompañamiento de duelo, no basta con atender al paciente: Hay que sostener también a la familia, que se convierte en el primer círculo de cuidado pastoral.
La comunidad eclesial ha sido históricamente un lugar privilegiado para acompañar el duelo. Los funerales, memoriales, aniversarios y liturgias no solo cumplen una función religiosa, sino también psicosocial y comunitaria:
Doehring (2015) sostiene que los rituales comunitarios son esenciales porque ayudan a integrar el dolor individual en un marco narrativo más amplio, evitando que el duelo quede aislado.
En mi ministerio anglicano, pude comprobar que la liturgia funciona como un espacio de sanación. La proclamación del Evangelio de la resurrección no es solo un mensaje doctrinal, sino un acto pastoral que da esperanza en medio de la muerte. En un funeral celebrado en Vancouver, noté cómo los asistentes, al cantar juntos un himno, encontraban consuelo no tanto en las palabras como en la fuerza del canto colectivo.
Mi filosofía de ministerio se hizo palpable: Bendecir y perdonar no es un gesto individual, sino una acción comunitaria que la iglesia encarna en los rituales de duelo. La liturgia, en este sentido, es counselling comunitario en clave espiritual.
Más allá de la familia y la iglesia, el duelo también tiene una dimensión social. Las sociedades elaboran pérdidas colectivas a través de conmemoraciones públicas, monumentos y rituales civiles. En Canadá, por ejemplo, existen memoriales por veteranos de guerra, ceremonias interreligiosas tras tragedias y días de reconciliación con los pueblos indígenas.
Rosenblatt (2008) subraya que el duelo debe entenderse en clave cultural: Las prácticas sociales de memoria permiten dar sentido a las pérdidas y canalizar el dolor colectivo. Huang, Roth y Scott (2011) añaden que los rituales culturales ayudan a mantener cohesión social, especialmente en contextos multiculturales.
En Vancouver, observé cómo familias inmigrantes que no podían participar en los funerales de sus países de origen realizaban actos comunitarios alternativos: Encender velas en plazas públicas, escribir nombres en murales, o reunirse para contar historias del difunto. Estos gestos no eran solo culturales: Eran profundamente espirituales y cumplían una función sanadora.
Aquí mi filosofía ministerial se amplió: Estar entre la gente significaba también estar en los espacios públicos, acompañando el duelo colectivo y ofreciendo signos de esperanza. En una vigilia comunitaria por una tragedia local, descubrí que mi rol no era dirigir ni predicar, sino simplemente presenciar el dolor colectivo, sostener el silencio y, si era solicitado, pronunciar una breve oración que diera sentido a lo que parecía incomprensible.
Al integrar mi experiencia clínica, pastoral y comunitaria, comprendí que el acompañamiento del duelo se despliega en tres círculos concéntricos:
Cada círculo refleja mi filosofía ministerial: Estar entre la gente, bendecir y perdonar. El counselling de duelo, en esta perspectiva, no se reduce a una intervención psicológica, sino que se convierte en un ministerio integral que conecta lo personal con lo comunitario y lo social.
De este recorrido extraigo varias implicaciones para la práctica del counselling de duelo:
Este capítulo confirma que el duelo no es un proceso privado, sino una experiencia relacional y comunitaria. Mi Filosofía de ministerio se ha confirmado en la práctica: Acompañar el duelo es estar con la gente, en la intimidad de la familia, en la liturgia de la iglesia y en la memoria de la sociedad.
El counselling de duelo, cuando se abre a la dimensión comunitaria, se convierte en una práctica pastoral integral que une técnica psicológica, presencia espiritual y compromiso social.
El camino recorrido a través de la CPE ha sido, para mí, más que una etapa de formación: ha representado un proceso de transformación vital, espiritual y profesional. Durante meses acompañé a pacientes, familias y comunidades en momentos de dolor y pérdida, y al mismo tiempo aprendí a mirar hacia dentro, confrontando mis propias fragilidades.
El duelo, tema central de este artículo, se me reveló no solo como objeto de estudio o de intervención, sino como un lugar sagrado de encuentro: Encuentro con el sufrimiento ajeno, con mi propia vulnerabilidad, con la comunidad y con Dios.
Al mirar hacia atrás, puedo sintetizar algunos aprendizajes que marcaron mi trayectoria:
Más allá de los aprendizajes técnicos, la CPE me transformó personalmente.
En mi evaluación de estudiante se subrayaba que uno de mis retos era confiar más en mi presencia y menos en mi necesidad de control. Hoy puedo decir que he avanzado en ese camino.
La CPE no solo me cambió como persona y counsellor, sino también como sacerdote.
En mi ensayo sobre mi filosofía de ministerio escribí: Soy un sacerdote cuyo trabajo es estar entre la gente, bendecir y perdonar en nombre de Dios. La CPE me permitió comprobar cómo esa vocación se realiza en el terreno del duelo:
El ministerio pastoral y el counselling clínico se entrelazaron, confirmando lo que Pargament (2011) llama psicoterapia espiritualmente integrada: Un enfoque donde lo sagrado no se impone, pero tampoco se excluye.
Mi experiencia confirma que el counselling de duelo con sensibilidad pastoral aporta algo único:
Este artículo no cierra un capítulo, sino que abre horizontes. La CPE ha dejado en mí una huella que proyecta mi ministerio y mi profesión en varias direcciones:
Acompañar el duelo es entrar en un territorio sagrado. Es caminar junto a personas que atraviesan pérdidas irreparables, sin ofrecer respuestas fáciles, sino compartiendo la vulnerabilidad humana.
La CPE me enseñó que el counselling de duelo no consiste en resolver, sino en acompañar. No consiste en explicar, sino en escuchar. No consiste en imponer, sino en caminar juntos.
Hoy sé que cada duelo acompañado me transforma también a mí. Como counsellor, me hace más humano; como sacerdote, más fiel a mi vocación; como persona, más consciente de la fragilidad y la esperanza que compartimos.
En definitiva, este camino me ha enseñado que el duelo, aunque doloroso, puede convertirse en un lugar de encuentro con la humanidad, con la comunidad y con Dios.
Este capítulo tiene un propósito eminentemente práctico. No pretende ofrecer un manual cerrado ni un conjunto de recetas universales, porque el duelo es un proceso profundamente personal y cultural. Sin embargo, sí quiere proporcionar principios orientadores y sugerencias concretas que surgen de mi experiencia en CPE, de mi ministerio sacerdotal y de mi práctica clínica como counsellor. Programas de CPE especializados en salud mental ofrecen un modelo valioso para la integración de counselling clínico y acompañamiento pastoral (Zollfrank, Kaufman, & Rosmarin, 2025).
Mi objetivo es que estos lineamientos sirvan de apoyo a counsellors, pastores, líderes comunitarios, voluntarios y cualquier persona que acompañe a quienes atraviesan el dolor de la pérdida.
El primer principio del acompañamiento en duelo es estar presente.
La literatura lo confirma: Rogers (2007) subraya que la presencia empática y auténtica es la herramienta más poderosa en la relación de ayuda. Fitchett (2017) añade que, en el acompañamiento espiritual, la presencia pastoral tiene un valor sacramental: Encarna el cuidado de la comunidad y de Dios.
Consejo práctico: No tengas miedo al silencio. Si el doliente llora, acompáñalo sin interrumpir. Tu sola presencia ya es un acto terapéutico y espiritual.
El segundo principio es escuchar antes de hablar.
Consejo práctico: Usa preguntas abiertas como:
En un contexto plural, como el de Vancouver, aprendí que el duelo se expresa de maneras muy diversas.
Huang, Roth y Scott (2011) señalan que los rituales culturales ayudan a sostener la identidad y la cohesión social en momentos de pérdida. Por eso, el counsellor y el pastor deben acercarse al duelo con sensibilidad intercultural.
Consejo práctico: Nunca supongas lo que la persona quiere. Pregunta: ¿Qué costumbres o rituales son importantes para usted en este momento?
Uno de los aprendizajes más valiosos de la CPE fue entender que lo psicológico y lo espiritual no están en competencia, sino que pueden integrarse.
Consejo práctico: Pregunta siempre antes de ofrecer un recurso espiritual. Y recuerda que un gesto tan sencillo como invitar a escribir una carta puede tener un impacto tan grande como una oración.
El duelo nunca es solo individual: Afecta a todo el sistema familiar.
Consejo práctico: Dedica tiempo no solo al paciente, sino también a los familiares. Una simple pregunta como ¿Y cómo lo están viviendo ustedes como familia? puede abrir caminos de sanación.
Los rituales cumplen un papel esencial en el duelo: Ofrecen un marco para expresar emociones, dar sentido y sostener la memoria.
Consejo práctico: Propón rituales sencillos, pero siempre con respeto y consentimiento. A veces un gesto mínimo —como escribir un nombre en una tarjeta y leerlo en voz alta— abre un camino de sanación.
Acompañar el duelo puede desgastar profundamente.
Consejo práctico: Establece rutinas de autocuidado: Supervisión regular, oración personal, ejercicio físico, descanso. Recuerda: No puedes cuidar a otros si no te cuidas a ti mismo.
El acompañamiento en duelo puede ser tan dañino como sanador si se actúa de manera poco sensible. Algunas cosas que deben evitarse:
Como señalaba mi supervisor en CPE, el duelo no se arregla, se acompaña.
Podemos resumir estas recomendaciones en siete principios:
Este capítulo busca ofrecer un puente entre la reflexión teórica y la práctica pastoral y clínica. El counselling de duelo con sensibilidad pastoral no es un conjunto de técnicas, sino un ministerio de humanidad compartida.
Todo lo aprendido en la CPE se resume en esta convicción: Acompañar el duelo es estar con el otro en su fragilidad, escuchar su historia, sostener su dolor y abrir, si lo desea, un horizonte de esperanza.
Como escribí en mi ensayo sobre mi filosofía de ministerio, se trata de estar entre la gente, bendecir y perdonar en nombre de Dios. En el duelo, eso significa abrazar el misterio de la vida y la muerte con humildad y compasión.
Elizabeth: Me duele pensar en mi hijo… él no podrá vivir sin mí.
José Luis (sacerdote-counsellor): ¿Quiere contarme un poco más de lo que él significa en su vida?
Elizabeth: Él es mi vida. Tiene autismo… temo que nadie le entienda como yo.
Reflexión supervisiva La intervención inicial fue abierta, pero ofrecí oración demasiado pronto. La supervisión me enseñó a esperar el permiso explícito del doliente.
Eunice: No quiero morir sola. (Largo silencio, sostenido)
José Luis: (piensa) Quiero decir algo… pero decido permanecer en silencio, mirándola con compasión.
Eunice: (llora, luego suspira) Gracias por estar aquí.
Reflexión supervisiva Lo que yo viví como incomodidad, la paciente lo vivió como acompañamiento profundo. La supervisión confirmó el valor del silencio como intervención pastoral.
Estos principios orientaron mi práctica en el CPE y siguen guiando mi ministerio.
Dios de toda consolación, en tus manos encomendamos a nuestro hermano/hermana N. Abraza a su familia con tu amor y dales paz en este momento de dolor.
Amén.
Encender una vela en memoria del difunto.
Guardar un minuto de silencio.
Compartir un recuerdo breve.
Finalizar con un gesto comunitario (abrazo, canto, bendición).
Que el Señor te bendiga y te guarde, que su rostro brille sobre ti y te conceda paz,
hoy y siempre. Amén.
Ejercicio 1: Role-play del silencio
Ejercicio 2: Oración opcional
Ejercicio 3: Duelo intercultural
Elizabeth, mujer de unos 50 años, con cáncer terminal, compartía conmigo su angustia más profunda: No era morir, sino dejar a su esposo y a su hijo con autismo.
Durante la visita, me pidió compañía. Yo respondí con preguntas abiertas, pero ofrecí oración demasiado pronto, sin haberle preguntado primero si la deseaba. En la supervisión, descubrí que mi impulso respondía más a mi necesidad de hacer algo que a su petición.
Preguntas para la reflexión
¿Qué alternativas tenía el counsellor-pastor antes de ofrecer oración?
¿Cómo acompañar la angustia de alguien cuyo dolor se centra en los que quedan?
¿Qué aprendemos sobre el equilibrio entre counselling y pastoral?
Eunice, mujer independiente y viajera, diagnosticada con leucemia, me dijo: No quiero morir sola. Yo sentí el impulso de responder con frases de consuelo, pero decidí guardar silencio, mirándola con compasión. Después de un largo silencio, ella lloró y, finalmente, dijo: Gracias por estar aquí.
Preguntas para la reflexión
¿Por qué el silencio puede ser terapéutico en un contexto de duelo?
¿Qué riesgos tiene llenar los silencios con palabras?
¿Cómo manejar la propia incomodidad ante el silencio?
En un hospital, acompañé a una familia junto al lecho de un padre en agonía. Dos de los hijos estaban resentidos con él por conflictos pasados, mientras que otros lo cuidaban con ternura. Las discusiones emergían incluso en la habitación.
Mi tarea fue escuchar, validar los diferentes sentimientos y, finalmente, proponer un pequeño ritual: Cada hijo escribió en un papel lo que quería decirle a su padre. Los papeles se colocaron junto a la cama.
Preguntas para la reflexión
¿Cómo manejar emociones encontradas (amor, resentimiento, culpa) dentro de la misma familia?
¿Qué papel pueden tener los rituales simbólicos para integrar experiencias diversas?
¿Cómo evitar que un counselling pastoral se convierta en mediación familiar forzada?
Una familia inmigrante perdió a su madre, pero no pudo viajar al país de origen para el funeral. Me pidieron un ritual alternativo. Encendimos velas en un parque, cada miembro compartió un recuerdo y luego cantaron una canción en su idioma natal.
El acto les dio un sentido de cierre y conexión comunitaria.
Preguntas para la reflexión
¿Cómo acompañar el duelo cuando las costumbres funerarias tradicionales no pueden cumplirse?
¿Qué aprendemos aquí sobre la importancia de la cultura en el duelo?
¿Qué harías si la familia pidiera un ritual ajeno a tu tradición religiosa?
Tras acompañar a un paciente que murió poco después de nuestra última conversación, me descubrí llorando en silencio. Sentí culpa por haberme implicado demasiado. En la supervisión, comprendí que mis lágrimas no eran un fallo, sino una expresión de humanidad compartida.
Preguntas para la reflexión
¿Qué riesgos existen en implicarse emocionalmente en exceso en el duelo de otros?
¿Por qué el autocuidado del counsellor es esencial en este ministerio?
¿Qué prácticas de autocuidado podrían prevenir la fatiga por compasión?
Escribir este artículo ha sido, para mí, un viaje de memoria, reflexión y oración. En cada página he recogido no solo aprendizajes académicos y clínicos de la educación clínica pastoral (CPE), sino también fragmentos de mi propia historia como sacerdote, counsellor y ser humano.
He aprendido que el duelo no es un tema externo que se estudia y se aplica en otros: Es una experiencia que me ha atravesado a mí mismo. Acompañar a pacientes como Elizabeth o Eunice fue también enfrentar mis propios miedos, mis silencios, mis preguntas. Descubrí que no soy un observador neutral, sino alguien que también comparte la fragilidad y la esperanza de quienes sufren.
En mi Ensayo sobre mi filosofía de ministerio escribí que mi vocación es estar entre la gente, bendecir y perdonar en nombre de Dios. Hoy, después de mi experiencia en CPE, entiendo esas palabras con una profundidad nueva. Estar entre la gente significa abrazar su dolor, escuchar su silencio, respetar su cultura y acompañar su fe, incluso cuando no coincide con la mía. Bendecir significa reconocer la dignidad de cada historia, celebrar la vida que existió y sostener la esperanza de quienes siguen caminando. Perdonar significa abrir caminos de reconciliación con uno mismo, con los demás y, a veces, con Dios.
El duelo es, en el fondo, un territorio sagrado. En él se revela la vulnerabilidad humana, pero también la fuerza de la comunidad, la creatividad de los rituales y la resiliencia de la esperanza. Como counsellor, he visto cómo las personas transforman su dolor en memoria viva. Como sacerdote, he presenciado cómo los símbolos y la liturgia abren horizontes de trascendencia. Como persona, he descubierto que cada duelo acompañado me transforma, recordándome que yo también necesito ser acompañado en mis pérdidas.
Este artículo, aunque escrito en Canadá, quiere ser un puente hacia España y otros lugares. En un mundo marcado por pérdidas colectivas —guerras, migraciones, pandemias, crisis sociales—, necesitamos comunidades capaces de acompañar el duelo de manera humana y compasiva. Mi deseo es que estas páginas sirvan para formar counsellors, pastores y líderes que sepan escuchar, sostener, y ofrecer esperanza sin imposiciones.
Cierro este recorrido con gratitud. Gratitud por mis pacientes, que me confiaron su dolor. Gratitud por mis supervisores y compañeros de CPE, que me enseñaron a mirarme en el espejo de mis verbatims. Gratitud por mi ministerio, que me permite unir counselling y pastoral en un servicio que me desborda y me llena.
Y sobre todo, gratitud a Dios, que en cada lágrima y en cada silencio me ha recordado que la vida, incluso en medio del duelo, sigue siendo un don.
Que este libro sea un pequeño aporte para que otros puedan acompañar con más compasión y más esperanza. Y que, en cada duelo, sepamos descubrir juntos no solo la herida de la pérdida, sino también la promesa de una vida que no termina.